jueves, 24 de febrero de 2011

Ya no puedo estar triste, quizás eso es bueno

Para una persona irremediablemente negativa como lo soy yo, sacar una sonrisa de una situación totalmente cagada debería ser un esfuerzo gigante. Gran parte de mi vida -en mi adolescencia básicamente y hasta que cumplí los 20 en menor grado- me la pasé dramatizando sobre las cosas que me sucedían. Muchas veces, desencuentros amorosos. Por alguna razón que desconozco, el último de ellos me dejó una secuela terrible que me mantuvo en un estado catatónico donde no actuaba de acuerdo a ninguna lógica establecida. Sobre él, sobre eso, escribí bastante. Quizá tanto que me cansé de hacerlo. 

El otro día traté de escribir sobre eso, para sacarle algo de productivo a todo ese periodo de mi vida. Quería seguir un consejo que me dieron hace tiempo "Escribe sobre lo que sabes" y me quedé pensativa frente a la hoja en blanco. La verdad es que no sé que sucedió. No sé que me pasó, pero aquello que me sabía tan fuerte, tan cierto, tan sincero ya no está. Eso que creció en mi se fue. Ese sentimiento indescriptible ya no existe. 
Tal vez lo reprimí tanto que terminé por matarlo. Tal vez lo aplasté tanto que terminé por marchitarlo. 

Ya no me acuerdo como es, como empezó, ni siquiera que era lo que sentía. Me suena tan vago, tan lejano, tan extraño, como un sueño que se va mezclando con la realidad, donde ya no se sabe que pasó y que me imaginé. 

Hay días en los que creo que todavía está ahí, pero es tan débil que ya no vuelve a crecer. Dura apenas un par de horas y luego se vuelve a apagar, como una conexión mal hecha, como si hubiera un cable roto, un cable mal puesto.

Ya no soy lo que era antes. Ahora es una situación, algo que pasó, un hecho, un pasado, como mirar algo que sucedió hace mucho tiempo y espacio diferente, como si le hubiera pasado a otra chica, a otra persona.

No hay comentarios:

Publicar un comentario